También conocido como
Manejo expectante, espera vigilante (aunque esto se refiere específicamente a un enfoque de monitoreo menos intensivo), monitoreo activo, protocolo de vigilancia, tratamiento diferido, protocolo de observación, terapia expectante, observación monitoreada
Definición
La vigilancia activa es un enfoque sistemático para el seguimiento de determinadas afecciones médicas, en particular los cánceres de bajo riesgo, sin intervención inmediata. Consiste en evaluaciones médicas y pruebas diagnósticas periódicas y programadas para seguir de cerca el estado del paciente, al tiempo que se retrasan o, posiblemente, se evitan tratamientos que pueden causar efectos secundarios importantes.1 Este enfoque se caracteriza por un protocolo estructurado de evaluaciones periódicas (que incluyen análisis de sangre, estudios de imagen y biopsias) realizadas según un calendario predeterminado para detectar cualquier cambio que pueda indicar progresión de la enfermedad.2 La vigilancia activa puede utilizarse para evitar o retrasar la necesidad de tratamientos como la radioterapia o la cirugía, que pueden causar efectos secundarios u otros problemas.3 Si los resultados de las pruebas muestran que la afección empeora o progresa más allá de los umbrales establecidos, se consideran y aplican entonces las opciones de tratamiento según sea necesario.4 La vigilancia activa se aplica con mayor frecuencia en el tratamiento del cáncer de próstata, pero también se utiliza en otros tipos de cáncer en los que la enfermedad puede ser de crecimiento lento y suponer una amenaza inmediata mínima para la salud y la calidad de vida del paciente.5
Contexto clínico
La vigilancia activa se utiliza principalmente en el tratamiento del cáncer de próstata de bajo riesgo y de algunos casos seleccionados de riesgo intermedio favorable.1 Este enfoque es más adecuado para pacientes cuyo cáncer es pequeño, está localizado en una sola zona de la próstata, tiene una puntuación de Gleason baja (normalmente 6 o inferior) y no causa signos ni síntomas.2 La decisión clínica de recomendar la vigilancia activa implica una consideración cuidadosa de múltiples factores, como la edad del paciente, su estado general de salud, su esperanza de vida, las características del cáncer y sus preferencias personales en cuanto a calidad de vida y efectos secundarios del tratamiento.3
El protocolo de vigilancia activa suele incluir:
- Análisis de sangre periódicos de PSA (antígeno prostático específico), normalmente cada 3-6 meses, para detectar aumentos significativos que puedan indicar progresión del cáncer.4
- Tactos rectales aproximadamente una vez al año para evaluar físicamente si se producen cambios en la próstata.4
- Biopsias de próstata, que suelen realizarse durante el primer año tras el diagnóstico y después cada 1-3 años, en función de la evaluación del riesgo y de los resultados de otras pruebas.5
- Pruebas de imagen como la RM multiparamétrica, que se incorpora cada vez más a los protocolos de vigilancia para visualizar mejor la próstata y detectar cambios significativos.5
El principal beneficio clínico de la vigilancia activa es evitar o retrasar los efectos secundarios relacionados con el tratamiento, como la incontinencia urinaria, la disfunción eréctil y los problemas intestinales, que pueden afectar significativamente a la calidad de vida.1 Los estudios han demostrado que, en pacientes adecuadamente seleccionados, la vigilancia activa ofrece una excelente supervivencia específica por cáncer a largo plazo, con un riesgo de metástasis del cáncer de próstata del 0,1-1,0% y un riesgo de mortalidad por cáncer de próstata del 0-1,9% a los 10 años.1
Los desencadenantes de la intervención y del paso al tratamiento activo suelen incluir:
- Aumento de la puntuación de Gleason en biopsias posteriores
- Aumento significativo del volumen o de la extensión del tumor
- Tiempo de duplicación del PSA rápido
- Aparición de síntomas
- Preferencia del paciente por un tratamiento definitivo5
A medida que los protocolos de vigilancia activa siguen evolucionando, aumenta la evidencia que respalda su uso en pacientes seleccionados con enfermedad de riesgo intermedio favorable, aunque ello requiere una selección cuidadosa de los pacientes y un asesoramiento sobre el riesgo potencialmente mayor de progresión de la enfermedad en comparación con los pacientes con enfermedad de bajo riesgo.3
